La cirugía de Facelift, también conocida como ritidectomía, es un procedimiento estético diseñado para rejuvenecer el rostro y el cuello, eliminando el exceso de piel y tensando los músculos faciales. Con esta técnica se logra un aspecto más fresco, firme y juvenil, manteniendo siempre un resultado natural que realza la belleza única de cada paciente.
El Facelift ofrece resultados notables y duraderos que van más allá de los tratamientos no quirúrgicos. Entre sus principales beneficios destacan:
Gracias a estas mejoras, los pacientes experimentan no solo un cambio físico, sino también un incremento en la confianza y seguridad personal.
La candidata ideal para un Facelift es aquella persona que busca recuperar la juventud de su rostro de manera natural y duradera. Generalmente se recomienda en mujeres y hombres que presentan:
Una piel facial y del cuello con flacidez moderada o avanzada.
Surcos profundos entre la nariz y la boca o en otras áreas del rostro.
Un descenso de la línea de la mandíbula o papada que afecta la definición del rostro.
Un buen estado de salud general, sin condiciones médicas que puedan interferir en la cirugía o la recuperación.
La valoración personalizada por un cirujano plástico certificado es fundamental para determinar si el procedimiento es la mejor opción en cada caso.
Porque tu rostro merece
reflejar cómo te sientes
por dentro: joven y llena de
vida.
No. El Facelift busca rejuvenecer y tensar los tejidos faciales sin alterar tu identidad. El objetivo es lograr un resultado natural, manteniendo tus facciones, pero eliminando la flacidez y arrugas profundas que hacen lucir el rostro envejecido.
No son permanentes, pero los resultados suelen mantenerse entre 8 y 12 años. El proceso natural de envejecimiento continúa, aunque siempre te verás más joven de lo que estarías sin el procedimiento.
Sí. De hecho, es común que el cirujano recomiende complementarlo con blefaroplastia (párpados), lifting de cuello o lipoinyección facial para lograr un rejuvenecimiento más integral y equilibrado.
No existe una edad exacta. La decisión depende más del grado de flacidez y envejecimiento que de los años. Algunas personas lo consideran desde los 40, mientras que otras pueden esperar hasta los 60 o más.